jueves 19 de febrero de 2026 - Edición Nº2633

PUNTO DE VISTA | 19 feb 2026

Opinión

La soledad del decisor: ¿gestión sanitaria o administración de la escasez?

11:36 |En tiempos de innovación médica y recursos escasos el verdadero desafío no es gastar más, sino asignar mejor: transformar cada peso invertido en la mayor cantidad posible de salud colectiva, con equidad, transparencia y decisión política.


En el tablero de la política sanitaria, el decisor en salud no juega una partida de ajedrez, sino una de supervivencia económica. Sentarse frente al presupuesto de salud no es solo un desafío técnico; es un ejercicio de ética aplicada donde cada «sí» a una nueva tecnología de alto costo es, implícitamente, un «no» a miles de intervenciones básicas de impacto masivo.

Por lo tanto, el escritorio de un decisor en salud no es solo un centro de gestión; es, ante todo, un laboratorio de elección trágica. En un ecosistema de necesidades infinitas y presupuestos finitos, la gestión no se trata solo de «administrar la enfermedad», sino de gestionar la escasez y el costo de oportunidad.

Vivimos en la era de la medicina personalizada y los tratamientos de ultra-alto costo. Para un decisor, es tentador -y políticamente rentable- inaugurar un centro de trasplantes o financiar una droga biológica de última generación. Es lo que en periodismo llamamos «la foto del éxito»: un paciente recuperado, una vida salvada, un hito visible. Sin embargo, desde la lente de la Economía de la Salud, este enfoque suele ser una trampa de ineficiencia. Mientras los recursos fluyen hacia el impacto individual, las intervenciones que realmente mueven el amperímetro de la salud pública -como el saneamiento ambiental o la seguridad alimentaria- quedan huérfanas. El dilema es brutal: el saneamiento salva más vidas por peso invertido, pero no depende de la firma del gestor sanitario, sino de carteras de infraestructura que rara vez hablan el mismo idioma.

El «Paciente Identificado» vs. el «Paciente Estadístico»

El gran enemigo del decisor no es la falta de presupuesto, sino la presión de la visibilidad. La opinión pública y la justicia suelen movilizarse por el «paciente identificado» (aquel con nombre y apellido cuya historia nos conmueve). En contraste, el «paciente estadístico» (el niño que no tendrá cólera por tener cloacas o el adulto que no sufrirá un ACV gracias al control de sodio) es invisible. Nadie agradece una enfermedad que nunca tuvo.

«La verdadera política de salud es aquella que ocurre fuera del hospital. Si el presupuesto se agota en la curación es porque fallamos estrepitosamente en la prevención». Reflexión inspirada en los marcos de equidad de la Organización Panamericana de la Salud (OPS)

Esta asimetría emocional distorsiona la asignación de recursos. Mientras que la muerte de un paciente que no recibió un tratamiento experimental puede generar una crisis de gabinete, la pérdida silenciosa de esperanza de vida por falta de agua potable o mala nutrición se acepta como un dato de contexto. El decisor, entonces, se ve forzado a elegir entre lo que es urgente para la opinión pública y lo que es vital para el desarrollo poblacional, cayendo a menudo en la trampa de priorizar el «grito» individual sobre el «silencio» de las mayorías.

La competencia por los recursos: una lucha de intereses

El decisor se encuentra en una competencia feroz donde la salud es un campo de batalla de intereses contrapuestos. No es una competencia técnica, sino una puja de poder. Por un lado, la industria farmacéutica y tecnológica despliega un lobby sofisticado para la incorporación de novedades que, si bien son disruptivas, suelen tener un impacto marginal en la salud global a un costo exorbitante.

Por otro lado, los colectivos de pacientes y las corporaciones médicas defienden sus parcelas con una intensidad legítima pero financieramente voraz. En este escenario, la salud pública —representada por el saneamiento o la prevención primaria— carece de un grupo de presión propio; no tiene «visitantes médicos» ni campañas publicitarias. El decisor queda así atrapado entre la espada de la judicialización, que obliga a cubrir prestaciones fuera de presupuesto, y la pared de la eficiencia, que exige cuidar la sostenibilidad del sistema. Sin herramientas de Evaluación de Tecnologías Sanitarias (ETS) que actúen como escudo técnico, el sistema se convierte en un barril sin fondo que financia lo que más ruido hace, no lo que más vidas salva.

«No se trata de cuánto gastamos, sino de cuánta salud compramos con lo que tenemos. Un sistema que no prioriza, no es un sistema: es un pagador ciego de facturas.» Concepto central del análisis de eficiencia del Banco Mundial.

Llamado a la acción: de la queja a la incidencia

La transformación del sistema requiere que pasemos de ser espectadores de la crisis a protagonistas del cambio. Como lectores y actores del ecosistema de salud, te invito a:

  1. Redefinir el Éxito: Empecemos a medir la gestión sanitaria no por la cantidad de hospitales inaugurados, sino por la mejora en los determinantes sociales. Celebremos las obras de saneamiento y los programas de nutrición con la misma intensidad que celebramos un hito quirúrgico.
  2. Exigir Transparencia: Promovamos la creación y el fortalecimiento de agencias nacionales de Evaluación de Tecnologías Sanitarias (ETS). Solo con criterios técnicos transparentes podremos defender el presupuesto de las presiones del lobby y la judicialización desmedida.
  3. Participar del Debate: ¿Cómo crees que debería equilibrarse la balanza en tu comunidad? Compartí este artículo, debatí con tus colegas y ayuda a instalar una agenda donde la equidad y la eficiencia dejen de ser conceptos abstractos para convertirse en el norte de cada política pública.

La salud es un derecho, pero su gestión es una responsabilidad colectiva. Es hora de que el «paciente estadístico» finalmente tenga voz.

(*) Director General Adjunto del Hospital Carlos Durand. Profesor Universitario

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