El creciente uso de medicamentos basados en GLP-1 para bajar de peso está generando un intenso debate en el ámbito sanitario. Aunque fueron desarrollados originalmente para tratar la diabetes tipo 2, hoy estos fármacos se presentan como una nueva herramienta contra la obesidad. Sin embargo, especialistas advierten que su expansión plantea interrogantes sobre el uso adecuado, los efectos a largo plazo y las desigualdades en el acceso.
El tema fue analizado recientemente en el programa “Hablemos de Salud” de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), donde se abordó el impacto de estos medicamentos en la región y las condiciones en las que deberían utilizarse.
Los fármacos basados en GLP-1 actúan imitando una hormona que regula el metabolismo. Según explicó Fabio da Silva Gómez, asesor de la OPS, su función inicial fue mejorar el control de la glucosa en personas con diabetes tipo 2.
“Estas drogas tienen la capacidad de controlar la glucosa en la sangre. Pero además se ha descubierto que también actúan en nuestro cerebro y en nuestro estómago, reduciendo el apetito y disminuyendo el vaciamiento gástrico”, señaló el especialista.
Ese doble efecto -metabólico y sobre la sensación de saciedad- explica por qué comenzaron a utilizarse también para tratar la obesidad. Al reducir el apetito y prolongar la sensación de saciedad, las personas pueden disminuir la ingesta de alimentos y perder peso.
Desde el punto de vista médico, la reducción de peso puede traer beneficios importantes. La obesidad está asociada con un mayor riesgo de enfermedades no transmisibles como hipertensión, diabetes y enfermedades cardiovasculares, por lo que cualquier intervención eficaz puede tener impacto en la salud pública.
Riesgos y rebote
No obstante, advierten que estos medicamentos no están exentos de riesgos. Entre los efectos adversos más frecuentes se encuentran náuseas, diarrea, estreñimiento y debilidad intestinal, lo que obliga a que el tratamiento sea indicado y supervisado por profesionales de la salud.
Otro de los puntos más discutidos es el llamado “efecto rebote”. De acuerdo con Da Silva Gómez, los beneficios del medicamento dependen de su uso sostenido.
“En el momento que se deja de tomar, hay un rebote de esos efectos que se ven cuando la persona está en tratamiento activo con esas drogas”, explicó.
Esto significa que el peso perdido puede recuperarse al suspender el tratamiento. “Todo lo que se gana en términos de pérdida de peso se pierde y se regana cuando se discontinúa la medicación, y también regresan los efectos metabólicos negativos asociados”, agregó.
Por este motivo, especialistas consideran que estos tratamientos pueden requerir un uso prolongado, incluso de por vida, similar a lo que ocurre con los medicamentos para la presión arterial.
Las recomendaciones actuales apuntan principalmente a adultos con obesidad, es decir, con un índice de masa corporal superior a 30. Sin embargo, el experto remarca que no todas las personas con obesidad necesitan este tratamiento y que cada caso debe evaluarse de forma individual.
Además, subraya que el medicamento no reemplaza otras estrategias fundamentales. “No es una solución mágica”, advierten desde la OPS. El tratamiento debe formar parte de un abordaje integral que incluya nutricionistas, médicos y profesionales de la salud mental para acompañar cambios sostenidos en la alimentación y la relación con la comida.
El acceso en debate
En América Latina y el Caribe, el debate suma otro elemento: el acceso. El alto costo de estos medicamentos podría profundizar las desigualdades en salud, ya que su disponibilidad suele limitarse a personas con mayores recursos.
Para Da Silva Gómez, el foco no debería estar únicamente en los fármacos. “La droga no es la solución al problema de la obesidad, que es un problema poblacional gigantesco. La principal solución está en cambiar el ambiente en donde las personas viven”, afirmó.
Esto incluye políticas públicas que promuevan entornos alimentarios más saludables, como impuestos a productos ultraprocesados, etiquetado frontal de advertencia y restricciones a la publicidad de alimentos dirigida a niños.
El especialista también advierte sobre el uso inadecuado de estos medicamentos con fines estéticos o para bajar de peso rápidamente antes de un evento. “Evitar buscar la droga como una solución sencilla para una ocasión especial o para algún momento particular de la vida”, señaló, ya que esta práctica suele derivar en la interrupción del tratamiento y en consecuencias negativas para la salud.
Mientras los medicamentos GLP-1 continúan expandiéndose en el mercado global crece el debate sanitario. Para los expertos, su potencial terapéutico es innegable, pero su verdadero impacto dependerá de cómo se integren dentro de estrategias más amplias de prevención, atención médica y políticas públicas orientadas a enfrentar la epidemia de obesidad.