Antes de cada Mundial, el mundo analiza tácticas, presupuestos de federaciones y el valor de mercado de los planteles. La industria del análisis deportivo produce estadísticas sobre goles esperados, distancias recorridas y velocidades máximas. Pero hay preguntas que nadie hace en la previa de ningún torneo: ¿Cuán sana es la población que produce esos jugadores? ¿Qué dicen sus cuerpos sobre el sistema de salud del país que los formó?
No es una pregunta retórica. Tiene respuesta empírica. Lo que esa respuesta muestra incomoda por igual al mundo del fútbol y al de la salud pública.
El cuerpo que llega a la cancha
Un futbolista que juega el Mundial 2026 nació, en la mayoría de los casos, entre 1994 y 2004. Lo que le ocurrió en sus primeros mil días de vida, entre la concepción y los dos años, determinó en gran medida su desarrollo cognitivo, motor e inmunológico. La evidencia científica sobre esa ventana es contundente: una nutrición adecuada adquiere particular importancia en la infancia y adolescencia, ya que favorece el crecimiento y desarrollo del aparato locomotor, generando beneficios desde lo fisiológico, inmunológico, psicológico y social.
El talento futbolístico no escapa a esa lógica. Puede emerger en contextos de pobreza, y lo hace, con frecuencia, pero lo hace a pesar del contexto, no gracias a él. La pregunta relevante no es si hay talento en los países con peores indicadores sanitarios. Es cuánto talento se pierde antes de llegar a la cancha. Eso no hay una medición. Sin embargo, sí se puede medir con datos duros es otra cosa que tiene directa relación: cuánto se rompen los que llegaron.
Las lesiones como radiografía del sistema de salud
Aquí está el dato que los análisis previos al Mundial no incluyen. La epidemiología de lesiones en fútbol profesional varía de manera dramática según la región del mundo, y esa variación no se explica solo por la táctica o el estilo de juego.
La incidencia de lesiones en jugadores de fútbol africanos oscila entre 13 y 82 lesiones por cada 1.000 horas, comparada con 1,8 a 6,8 en Europa. Es decir, entre cuatro y doce veces más lesiones. Dentro de África hay variabilidad enorme: la liga sudafricana reporta 24,8 lesiones por cada 1.000 horas de partido, mientras que la liga nigeriana llega a 113,4. Algunos estudios en Congo registraron hasta seis lesiones por partido.
América del Sur presenta un perfil intermedio, pero con diferencias significativas respecto a Europa. Las lesiones ligamentosas en entrenamiento son significativamente más frecuentes en equipos sudamericanos que en europeos, con mayor carga de lesiones medida como días de baja por cada 1.000 horas de exposición.
¿Qué explica estas diferencias? Los propios estudios identifican factores que son exactamente los que una mirada de salud pública reconocería de inmediato: diferencias en niveles de aptitud física, preparación y métodos de entrenamiento, nutrición y estado mental de los jugadores. No es solo fútbol. Es el estado del cuerpo que llega al fútbol y ese estado se construye mucho antes de la primera práctica.
Lo que la nutrición hace y deshace
La conexión entre nutrición temprana y lesiones deportivas en la adultez no es especulación. Un estado nutricional deficiente puede interferir directamente en la prestación deportiva y a la larga incrementar el riesgo de lesiones, según estudios específicos sobre jugadores de fútbol. La nutrición juega un papel integral determinante no solo en la optimización del rendimiento deportivo sino también en la recuperación de lesiones.3
El mecanismo es preciso: la deficiencia proteica y de micronutrientes en los primeros años de vida compromete el desarrollo del tejido muscular, ligamentoso y óseo. Un jugador que creció con acceso limitado a proteínas de calidad, vitamina D y calcio llega a la élite con una arquitectura musculo-esquelética más vulnerable. No hay suplemento ni preparación física de academia que repare completamente esa base.
Las lesiones deportivas suponen un costo en materia de salud de más de 1.000 millones de dólares anuales en todo el mundo, según datos de las Naciones Unidas.4 Ese número incluye el costo directo de la atención médica, pero no el costo invisible: el del jugador que nunca llegó porque su desarrollo físico quedó comprometido antes de que ninguna academia lo descubriera.
La paradoja latinoamericana
Argentina y Brasil son potencias futbolísticas mundiales con sistemas de salud bajo presión severa y con desigualdades internas enormes. Esa paradoja tiene una explicación que el análisis deportivo convencional raramente hace explícita.
Las academias de fútbol latinoamericanas funcionan como sistemas de salud paralelos para los chicos que reclutan. Proveen nutrición, atención médica, seguimiento físico y desarrollo estructurado — construyendo, en miniatura, exactamente lo que el Estado no siempre garantiza. Es decir: el fútbol detecta talento y luego repara, en parte, el daño que el sistema de salud no pudo prevenir.
Pero esa reparación es parcial y tardía. En Argentina, Chaco, Corrientes, Formosa, La Rioja y Tucumán tienen tasas de mortalidad infantil que superan los 10 decesos cada 1.000 nacidos vivos, mientras la media nacional es de 8,4, con el deterioro de las condiciones sociosanitarias como factor central. Los chicos que sobreviven esas condiciones llegan a las academias con una base biológica diferente a los que crecieron en Buenos Aires o Rosario. Esa diferencia, silenciosa e invisible en las estadísticas deportivas, se manifiesta tarde o temprano en la sala de fisioterapia.
Dentro de Argentina coexisten dos países sanitarios; uno que produce jugadores de élite con todas las condiciones; y otro que los pierde antes de que puedan serlo, o que los entrega al sistema con una mochila de déficits que ningún entrenador puede ver en una prueba de habilidades.
Lo que el Mundial no mide pero debería
Cada cuatro años, el fútbol construye un ranking implícito del capital humano de los países del mundo. No es perfecto, el fútbol tiene suficientes variables para que ningún indicador sanitario lo explique por sí solo, pero tampoco es aleatorio.
Los países que concentran la mayor cantidad de jugadores activos en las cinco principales ligas europeas son, en su mayoría, países con alto desarrollo humano o con sistemas de detección y formación de talento que compensan las deficiencias del sistema de salud público. Los que aparecen en la fase de grupos y rara vez pasan de allí suelen ser los que combinan menor IDH con ausencia de infraestructura deportiva que compense esa brecha.
Lo que ningún análisis previo al Mundial menciona es la pregunta de fondo: ¿Cuántos jugadores nunca llegaron? ¿Cuántos talentos potenciales quedaron en el camino porque una enfermedad prevenible no fue tratada, porque la desnutrición crónica comprometió su desarrollo físico, porque no hubo una academia que los encontrara antes de que el cuerpo pagara el costo de una infancia con sistema de salud ausente?
Esa es la estadística que el marcador no muestra. Y es, quizás, la más importante de todas, donde tenemos países que claramente ganan.
(*) Director General Adjunto del Hospital Carlos Durand. Profesor Universitario