Los agonistas del receptor del péptido similar al glucagón tipo 1 (GLP-1) transformaron el tratamiento de la obesidad con fármacos como la semaglutida y la tirzepatida que lograron reducciones de peso de entre el 10% y el 30%, porcentajes que hasta hace pocos años resultaban difíciles de alcanzar mediante intervenciones convencionales.
Sin embargo, una revisión publicada en la revista eClinicalMedicine de The Lancet plantea una pregunta para profesionales, financiadores y responsables de políticas sanitarias: ¿qué ocurre cuando el tratamiento se interrumpe? Y la respuesta puede estar en la evidencia disponible que demuestra que la mayoría de los pacientes recupera una parte significativa del peso perdido y que, junto con ese rebote, suelen revertirse también muchas de las mejoras metabólicas alcanzadas durante el tratamiento.
Un problema frecuente
Según los autores del trabajo los datos provenientes de ensayos clínicos y de la práctica real muestran un patrón consistente. En el estudio STEP-1, las personas que suspendieron semaglutida recuperaron aproximadamente dos tercios del peso perdido en el plazo de un año. Resultados similares se observaron con tirzepatida en el ensayo SURMOUNT-4.
El fenómeno adquiere mayor relevancia si se considera que la discontinuación del tratamiento es habitual. Diversos estudios realizados en Estados Unidos indican que entre el 50% y el 65% de los pacientes abandonan los agonistas GLP-1 durante el primer año de uso por múltiples razones, como costos elevados, cobertura insuficiente, efectos adversos persistentes, dificultades de acceso o simplemente la carga que implica sostener un tratamiento prolongado.
La obesidad como enfermedad crónica
Uno de los principales aportes del trabajo es cuestionar la idea implícita de que estos medicamentos constituyen una intervención temporal. Los autores sostienen que la recuperación del peso no debe interpretarse como un fracaso individual ni como falta de voluntad del paciente, sino por el contrario, responde a mecanismos biológicos previsibles.
Tras la pérdida de peso, el organismo activa mecanismos compensatorios: aumenta el apetito, disminuye el gasto energético y se producen cambios hormonales que favorecen la recuperación de los kilos perdidos, pero cuando desaparece el efecto farmacológico, esos mecanismos vuelven a actuar con fuerza.
En este sentido, la revisión refuerza una visión cada vez más aceptada en la literatura científica: la obesidad es una enfermedad crónica y recurrente que requiere estrategias de manejo sostenidas en el tiempo, de forma similar a la diabetes, la hipertensión arterial o la insuficiencia cardíaca.
Más que un problema de peso
El estudio destaca además que la recuperación ponderal suele acompañarse de un deterioro de indicadores cardiometabólicos como presión arterial, control glucémico, perfil lipídico y circunferencia abdominal, que tienden a empeorar a medida que reaparece el peso perdido. Aunque la evidencia actual no demuestra que los pacientes queden en una situación peor que antes de iniciar el tratamiento, sí muestra una pérdida progresiva de los beneficios obtenidos.
La preocupación adquiere especial relevancia porque varios ensayos recientes demostraron que los agonistas GLP-1 no solo reducen peso, sino también eventos cardiovasculares mayores en personas con obesidad y alto riesgo cardiovascular y abre la incógnita sobre cuánto de ese beneficio persiste cuando el tratamiento se interrumpe.
El desafío para los sistemas de salud
Más allá de los aspectos clínicos, los autores señalan que la cuestión plantea un desafío organizacional y económico de gran magnitud. Si la eficacia de estos tratamientos depende en buena medida de su continuidad, los sistemas de salud deben decidir cómo financiar terapias potencialmente prolongadas para millones de personas, y abre una discusión que excede el precio de los medicamentos. La revisión subraya que el mantenimiento del peso requiere intervenciones multidisciplinarias sostenidas que incluyan nutricionistas, especialistas en actividad física, apoyo psicológico y seguimiento conductual. Sin embargo, el acceso a este tipo de abordajes sigue siendo limitado incluso en países con mayores recursos.
"La pérdida de peso sostenida dependerá de enfoques integrados y centrados en el paciente", afirman los investigadores, quienes advierten que actualmente no existen protocolos validados específicamente para acompañar la suspensión de los tratamientos con GLP-1.
Del medicamento al modelo de atención
Otro aspecto relevante es que el trabajo desplaza el foco desde el fármaco hacia el modelo de atención y sostiene que ninguna estrategia aislada parece suficiente para evitar el rebote. Las intervenciones más prometedoras combinan cambios en el estilo de vida, apoyo conductual, seguimiento continuo y, eventualmente, estrategias farmacológicas o procedimentales complementarias.
Esto implica que la expansión de los agonistas GLP-1 obliga a pensar no solo en el acceso a la innovación terapéutica, sino también en la capacidad de los sistemas para sostener procesos de atención prolongados y complejos.
Finalmente, la revisión identifica importantes vacíos de conocimiento al no existir ensayos clínicos que hayan evaluado estrategias específicas para la discontinuación de los agonistas GLP-1, ni está claro cuál es la mejor forma de reducir dosis, mantener tratamientos de transición o combinar intervenciones farmacológicas y conductuales.
Mientras tanto, el trabajo concluye que el verdadero desafío no parece ser únicamente lograr que los pacientes pierdan peso, sino sostener esos resultados en el tiempo.
Referencia
Brown RE, Wharton S, Ryan DH y colaboradores. "Weight maintenance following discontinuation of GLP-1 therapies". eClinicalMedicine. 2026;96.