La decisión adoptada el 25 de junio por la 79.ª Asamblea Mundial de la Salud marca un punto de inflexión. Al declarar a la medicina de precisión como una prioridad global, la Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoce que el futuro de los sistemas sanitarios pasa por integrar la genómica, los datos clínicos y las tecnologías digitales para ofrecer diagnósticos más oportunos, tratamientos personalizados y mejores resultados en salud.
A su vez, la resolución incorpora un aspecto decisivo: la equidad, una definición que apunta a impulsar la innovación tecnológica grantizando que esos avances lleguen a todas las poblaciones, especialmente a aquellas históricamente subrepresentadas en la investigación y con mayores dificultades para acceder a los servicios de salud.
Este enfoque fortalece iniciativas regionales como PAHO HumanGen (PAHOGen), la plataforma de conocimiento en genómica humana impulsada por la Organización Panamericana de la Salud (OPS), orientada a promover la colaboración científica, ampliar la representación genómica de las poblaciones de las Américas y reducir las brechas tecnológicas entre países.
Sin embargo, el desafío recién comienza.
Para que la medicina de precisión contribuya realmente a reducir las inequidades, es indispensable desarrollar infraestructuras de datos éticas, interoperables, accesibles y oportunas. También resulta imprescindible incorporar de manera efectiva la diversidad genética de las poblaciones de la región, de modo que el conocimiento científico pueda traducirse en beneficios concretos para quienes hoy permanecen menos representados y, muchas veces, más afectados por las enfermedades.
La medicina de precisión no puede limitarse al tratamiento individual justamente porque su potencial reside en fortalecer la prevención, mejorar la vigilancia epidemiológica, generar alertas tempranas e incorporar intervenciones oportunas dentro de los programas de cuidado.
Pero esa visión convive con una realidad sanitaria que plantea interrogantes inevitables.
Amenazas sanitarias
Mientras el mundo proyecta sistemas basados en inteligencia genómica y salud digital, la región enfrenta dificultades persistentes para controlar enfermedades transmisibles y responder a brotes epidémicos. Los informes epidemiológicos más recientes de la OPS correspondientes al período 2025-2026 muestran un escenario que exige atender las urgencias sin perder de vista las transformaciones de largo plazo.
El sarampión constituye uno de los ejemplos más preocupantes. La región sufrió un importante retroceso al perder el estatus de eliminación, con más de 14.400 casos confirmados y 32 muertes durante 2025.
Ese mismo año, el sistema regional de vigilancia de la OPS procesó más de 2,1 millones de señales relacionadas con posibles amenazas sanitarias, identificando 157 eventos de salud pública que requirieron respuestas coordinadas frente a brotes de dengue, virus de Oropouche y fiebre amarilla. En relación con esta última enfermedad, durante 2025 se notificaron 346 casos confirmados y 143 fallecimientos en siete países de la región: Bolivia, Brasil, Colombia, Ecuador, Guyana, Perú y Venezuela. La elevada letalidad del 41% y la aparición de casos en nuevas áreas geográficas llevaron a la OPS a clasificar el riesgo regional como alto.
Estos datos muestran que las capacidades de vigilancia epidemiológica, respuesta rápida y gestión de brotes siguen siendo un componente crítico de los sistemas sanitarios.
Las metas regionales que la OPS mantiene para enfermedades como hepatitis C y tuberculosis también evidencian la magnitud del desafío. Mientras se propone reducir en un 65% la mortalidad por hepatitis C y alcanzar una incidencia de tuberculosis inferior a un caso cada 100.000 habitantes, Argentina registra un crecimiento sostenido de la tuberculosis durante los últimos cinco años. En 2025 se notificaron más de 17.200 casos, con una tasa de 37,3 por cada 100.000 habitantes.
La situación también preocupa en sífilis, cuya incidencia continúa en aumento. En Argentina se registró un incremento del 75,6% respecto de 2022, alcanzando una tasa nacional de 117,2 casos por cada 100.000 habitantes. Más de la mitad de los casos corresponden a mujeres, con el consecuente impacto sobre la morbilidad y mortalidad materna e infantil, además de los casos de coinfección con VIH.
Algo similar ocurre con la hepatitis A. Tras alcanzar 69 casos durante el primer semestre de 2025 -prácticamente la totalidad de los registrados durante todo 2024-, la tendencia continuó durante 2026, con 34 casos confirmados en los primeros cuatro meses del año. Se trata de una enfermedad inmunoprevenible, estrechamente vinculada con las condiciones de higiene y salud ambiental.
Fortalecimiento mutuo
Estos escenarios obligan a preguntar: ¿cómo compatibilizar la construcción de sistemas sanitarios basados en medicina de precisión con necesidades urgentes de vigilancia, prevención y respuesta frente a enfermedades que siguen afectando a millones de personas?
La respuesta probablemente no resida en elegir entre una agenda u otra.
Las estrategias internacionales más sólidas muestran que la medicina de precisión y la preparación frente a epidemias pueden fortalecerse mutuamente. Plataformas dinámicas para la gestión de brotes, modelos predictivos y sistemas integrados de información permiten anticipar riesgos y reducir el impacto sanitario, como volvió a evidenciar el reciente brote de hantavirus y los llamados realizados por The Lancet para fortalecer la respuesta regional.
Ese mismo enfoque quedó reflejado en la Mesa Regional de Trabajo sobre Dengue de América Latina convocada por Americas Health Foundation (AHF), donde especialistas de distintas disciplinas analizaron la enfermedad desde múltiples dimensiones: vacunación, prevención, diagnóstico, tratamiento, control de vectores, determinantes ambientales y marcos regulatorios.
Está claro que fortalecer la vigilancia epidemiológica requiere estrategias multisectoriales, mejor coordinación entre los distintos actores del sistema sanitario e identificación de las brechas que aún limitan una respuesta regional integrada.
Y que la verdadera innovación no depende únicamente de incorporar nuevas tecnologías sino de la urgencia de superar los silos de información, integrar los datos disponibles, compartir conocimiento y construir capacidades de manera colaborativa.
Solo mediante un trabajo articulado y sostenido será posible acelerar el acceso equitativo al conocimiento científico y a las tecnologías genómicas, fortalecer la investigación regional, ampliar la representación de las poblaciones diversas y cerrar las brechas tecnológicas y de datos que aún persisten en los sistemas de salud de las Américas.
La decisión de la OMS abre una oportunidad histórica. Transformarla en una mejora real para la salud de las personas dependerá de que la medicina de precisión no avance aislada de las prioridades sanitarias actuales, sino integrada a sistemas más resilientes, más preparados y, sobre todo, más equitativos.
(*) MD, MPH. Especialista en Salud Digital y Liderazgo en Salud Global.