jueves 16 de julio de 2026 - Edición Nº2780

PUNTO DE VISTA | 14 jul 2026

La calidad en salud como un poliedro: equilibrio, sistema y humanismo

La calidad en salud suele asociarse con indicadores, normas y auditorías. Por qué es necesario pensarla desde múltiples dimensiones para sostener una atención verdaderamente centrada en las personas.


Los sistemas de salud son sistemas complejos adaptativos. Están conformados por múltiples actores, procesos, tecnologías, normas y relaciones humanas que interactúan de manera no lineal, lo que actualmente se define como entornos VUCA por su acrónimo en inglés, (Volátiles, inciertos, complejos y que generan ansiedad).  En este tipo de sistemas, pequeñas variaciones pueden generar efectos significativos, y los resultados no siempre son previsibles ni atribuibles a una única causa, el llamado “efecto mariposa”. Como advierte Paul Plsek, los sistemas de salud no pueden comprenderse ni mejorarse descomponiéndolos en partes aisladas; por el contrario, requieren abordajes que reconozcan la interdependencia y la adaptación constante de sus componentes.

Pensar la calidad en salud como un fenómeno único, lineal o reducible a un conjunto de indicadores resulta, a esta altura, insuficiente. La complejidad creciente de los sistemas sanitarios exige marcos conceptuales que permitan comprender la calidad como una construcción multidimensional, dinámica y profundamente interdependiente. En este sentido, la metáfora del poliedro ofrece una imagen especialmente potente para reflexionar sobre la gestión de la calidad en salud.

 

Un poliedro es una figura geométrica compuesta por múltiples caras, aristas y vértices. Su estabilidad no depende de una sola superficie, sino del equilibrio entre todas ellas. Cada cara es necesaria: si una se deforma, se hipertrofia o se debilita, la figura completa pierde solidez. Del mismo modo, la calidad en salud puede entenderse como un poliedro en el que cada cara representa un aspecto esencial del sistema asistencial.

Entre estas caras se encuentran la seguridad del paciente, la efectividad clínica, la experiencia del paciente, la gestión de procesos, el trabajo en equipo, el liderazgo, la ética del cuidado, la capacidad de aprendizaje organizacional y, de manera central aunque muchas veces invisibilizada, la dimensión humana de las profesiones de la salud.

La tradición conceptual de la calidad en salud ya advertía sobre esta visión integradora. Avedis Donabedian señalaba que la calidad no es una propiedad aislada de la estructura, de los procesos o de los resultados, sino que emerge de la interacción entre todos ellos. En una de sus afirmaciones más citadas, Donabedian recordaba que, en última instancia, “el secreto de la calidad es el amor por el paciente”, subrayando que la dimensión humana no es accesoria, sino constitutiva de la buena atención.

Uno de los riesgos más frecuentes en la gestión de la calidad es la hipertrofia de una sola cara del poliedro. Cuando la calidad se reduce casi exclusivamente a la medición de indicadores, al cumplimiento normativo o a la preparación para auditorías, el sistema puede mostrar buenos resultados formales, pero al costo de una creciente deshumanización de la atención y del trabajo sanitario. El poliedro, en estos casos, aparenta solidez desde un ángulo, pero se encuentra profundamente deformado.

La dimensión humana suele ser la primera en resentirse cuando los sistemas entran en tensión. El tiempo de escucha, la empatía, el vínculo terapéutico y el reconocimiento del sufrimiento -propio y ajeno- tienden a considerarse aspectos secundarios, difíciles de medir y, por lo tanto, prescindibles. Sin embargo, en las profesiones de la salud, lo humano no es un agregado: es el núcleo del acto asistencial.

Cuidar implica más que aplicar correctamente una técnica. Implica presencia, responsabilidad ética, comunicación honesta y comprensión del contexto del otro. Cuando este aspecto se deja de lado, la atención puede seguir siendo técnicamente correcta, pero pierde sentido, confianza y efectividad. Un sistema que ignora esta cara del poliedro no solo deteriora la experiencia del paciente, sino que erosiona progresivamente la identidad profesional de quienes trabajan en salud.

El fenómeno inverso también merece atención. Una gestión basada exclusivamente en la vocación, el compromiso individual o el sacrificio personal, sin procesos claros ni condiciones laborales adecuadas, genera organizaciones frágiles y dependientes del heroísmo. La calidad no puede sostenerse a costa del agotamiento. Como advierte James Reason, no es posible cambiar la condición humana, pero sí las condiciones en las que las personas trabajan; los errores no son causas, sino consecuencias de sistemas mal diseñados.

Desde esta perspectiva, el cuidado del equipo de salud deja de ser un beneficio accesorio para convertirse en una condición necesaria para la seguridad del paciente. La Organización Mundial de la Salud ha señalado de manera consistente que la seguridad asistencial depende directamente del bienestar, la capacitación y las condiciones de trabajo del personal de salud. No hay calidad posible cuando quienes cuidan lo hacen en contextos de sobrecarga, precariedad o desgaste emocional.

El abordaje del error constituye otra cara fundamental del poliedro. Penalizarlo o personalizarlo debilita el sistema y desalienta el aprendizaje. En línea con este enfoque, Sidney Dekker sostiene que la seguridad no se construye culpando a las personas, sino diseñando sistemas que les permitan desempeñarse de manera segura. Una cultura justa no es indulgente con el error, sino exigente con las fallas estructurales.

Gestionar la calidad como un poliedro implica, entonces, reconocer y equilibrar todas sus caras, incluyendo aquellas que no siempre encuentran un lugar en los tableros de control. Supone aceptar tensiones legítimas -entre eficiencia y cuidado, entre productividad y escucha, entre estandarización y singularidad- y asumir que el desafío de la gestión no es eliminarlas, sino administrarlas de manera consciente y ética.

Este enfoque redefine el rol del liderazgo en calidad. Liderar no es vigilar indicadores de forma aislada, sino cuidar la forma global del poliedro: priorizar, dialogar, formar equipos, generar condiciones para el aprendizaje y construir sistemas capaces de sostenerse más allá de las personas. Tal como señala el Institute of Medicine, la mejora de la calidad requiere organizaciones que aprendan de manera continua y liderazgos que promuevan el trabajo colaborativo.

En definitiva, pensar la calidad en salud como un poliedro invita a abandonar enfoques reduccionistas y a asumir la complejidad como punto de partida. La calidad no es una cara aislada que se exhibe en auditorías, sino una figura completa que se construye y se cuida todos los días. Su estabilidad depende del equilibrio consciente y permanente entre todas sus dimensiones, especialmente de aquellas que, aunque no siempre se midan, sostienen el sentido profundo de cuidar a otros: la humanidad de las profesiones de la salud.

 

(*) Jefe del Área de Calidad y Seguridad del Paciente del Hospital El Cruce SAMIC e integrante del Área Científico Técnica de la CIDCAM.

Bibliografía

Donabedian, A. (1988). The quality of care: How can it be assessed? Journal of the American Medical Association, 260(12), 1743–1748.

Plsek, P. E., & Greenhalgh, T. (2001). The challenge of complexity in health care. BMJ, 323(7313), 625–628.

Reason, J. (2000). Human error: Models and management. BMJ, 320(7237), 768–770.

Dekker, S. (2012). Just culture: Balancing safety and accountability. Ashgate.

World Health Organization. (2010). WHO patient safety curriculum guide: Multi-professional edition. WHO Press.

Institute of Medicine. (2001). Crossing the quality chasm: A new health system for the 21st century. National Academies Press.

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