Sin embargo, el dato central no es estrictamente demográfico. El Global Burden of Disease 2023 midió algo que contradice lo que esperábamos: ganamos años de vida, pero no los ganamos con salud. La brecha entre esperanza de vida y expectativa de salud global creció de 8,8 a 10,7 años. En la Argentina, ese indicador pasó de 9,4 a 10,9 años.
Lo que más pesa en esos años no es lo que mata, sino lo que discapacita: dolor de espalda, depresión, sordera, caídas y sus consecuencias, entre otras patologías y condiciones. El problema no es que el sistema no gaste, sino que gasta tarde y mal. Financia la consecuencia del deterioro y no lo que lo hubiera evitado; financiamos la prótesis e internación por una fractura, la silla de ruedas o la institucionalización por demencia, cuando se debería invertir en lo que podemos anticipar veinte años antes.
Ante este panorama, surgen tres preguntas inevitables para pensar el futuro de la salud:
¿Qué prestadores necesitaremos?
¿Qué modelo de atención?
¿Cómo se va a financiar?
Ninguna de estas cuestiones se responde sin mover el eje desde el hospital hacia el primer nivel de atención, el domicilio y el cuidado continuo, un punto que planteé recientemente en el marco de la Jornada «Baja natalidad y longevidad creciente» de la Universidad del Salvador.
Tenemos catorce años. Hoy la cohorte más numerosa del país todavía aporta. En 2040 llegará a los 65 años, justo cuando la base de sostén ya se habrá angostado por todos los chicos que no nacieron desde 2014. Cada año que se espere, la misma reforma la pagará una base más chica.
La mejor fecha para empezar fue hace veinte años. La segunda mejor es hoy.
(*) CEO & Founder en AIONIS