En Argentina hay mamógrafos pero eso no significa necesariamente que todas las mujeres puedan acceder a una mamografía en tiempo y forma. Esa es una de las principales conclusiones que surge del programa MIRA (Mamografía, Información, Red y Acceso), desarrollado por Surcos Asociación Civil y Fundación Instituto Natura, que relevó la disponibilidad, el uso y las condiciones de acceso al diagnóstico mamario en el país.
El estudio identificó 1.498 mamógrafos en funcionamiento, de los cuales 404 corresponden al subsector público y 1.094 al privado y de la seguridad social. En el ámbito público fueron relevados 375 establecimientos de 23 de las 24 provincias, con el objetivo de analizar no solo la existencia del equipamiento, sino también las condiciones que permiten convertir esa capacidad instalada en acceso efectivo.
El mapa muestra una fuerte concentración territorial: Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba reúnen el 49% de los mamógrafos del país, mientras que las diez provincias con menor cantidad concentran apenas entre el 10% y el 12% del equipamiento. Pero la distribución geográfica es solo una parte del problema. La disponibilidad nominal de un mamógrafo puede convivir con equipos fuera de servicio, falta de técnicos, agendas reducidas o dificultades para que la información circule dentro de la red.
Cuando el equipo está, pero no funciona
Uno de los principales cuellos de botella identificados es el recurso humano. En el 9% de los establecimientos públicos relevados -33 centros- no hay personal técnico para operar los mamógrafos, por lo que los equipos permanecen inactivos.
A esto se suma que en el 49% de los servicios el personal técnico rota por otras áreas radiológicas, una organización que limita la posibilidad de ampliar horarios y turnos. El problema se combina con las fallas de mantenimiento: el 24% de los equipos públicos reportó desperfectos durante el relevamiento y el 12% se encontraba fuera de servicio.
La situación muestra una diferencia relevante entre capacidad instalada y capacidad efectiva. Incluso en aquellos establecimientos que tienen un equipo operativo, la producción puede mantenerse baja. Según el informe, la mayoría de los mamógrafos realiza menos de 100 mamografías mensuales, mientras que los centros reportan agendas con escasos turnos disponibles.
La paradoja es que la falta de turnos no necesariamente expresa una utilización plena de la capacidad instalada. Las agendas, señala el relevamiento, suelen estar condicionadas por las restricciones de personal y organización y no necesariamente por la magnitud de la población que requiere el estudio.
«Durante mucho tiempo discutimos la detección temprana sin saber con qué recursos contábamos realmente. Hoy sabemos dónde están los equipos, en qué estado y cómo se organiza el acceso a su alrededor, y esto ya abre la posibilidad de tomar decisiones concretas: otorgar nuevos turnos donde hay capacidad ociosa, reparar donde hay equipos detenidos, conectar donde la infraestructura ya existe», señaló Alejandra Sánchez Cabezas, directora de Surcos.
La especialista planteó que el próximo desafío es mirar el recorrido completo de las pacientes: «El paso que sigue, en el que ya estamos trabajando, es entender qué pasa del otro lado: qué recorre una mujer desde que decide hacerse una mamografía hasta que tiene un resultado en la mano. Porque es en ese recorrido donde se gana o se pierde una detección a tiempo».
Acceso: no alcanza con tener una agenda
El relevamiento también pone el foco en la forma en que las mujeres llegan al sistema. Solo el 32% de los centros públicos -121 establecimientos- calculó cuántas mujeres forman parte de su población objetivo, mientras que el 68% restante gestiona la demanda sin esa estimación.
La consecuencia es un modelo predominantemente basado en la demanda espontánea, en lugar de estrategias que permitan identificar y convocar activamente a la población que debería realizarse controles.
A esto se suma otra barrera: el 77% de los hospitales asigna turnos de manera local y mayormente presencial. En territorios extensos o con dificultades de traslado, la modalidad de acceso puede convertirse en una barrera adicional, aun cuando exista un mamógrafo disponible.
Las diferencias también aparecen cuando se relaciona el número de equipos con la población potencialmente demandante. Mendoza, Jujuy, San Juan y Chaco presentan una mayor presión de demanda potencial por mamógrafo, mientras que provincias como Chubut, Santa Cruz, La Rioja y Tierra del Fuego enfrentan la dispersión territorial como dificultad:
En este escenario, las unidades móviles aparecen como una herramienta para acercar el diagnóstico a poblaciones alejadas. Sin embargo, representan apenas el 4% de la red nacional, con 12 equipos. Santiago del Estero cuenta con tres unidades móviles, mientras que Formosa dispone de dos y La Pampa, La Rioja, Salta y San Juan cuentan con una.
Información que no circula
El acceso no termina cuando se realiza el estudio. La continuidad del cuidado depende también de que los resultados puedan ser registrados, consultados y vinculados con el resto de la trayectoria asistencial.
En este punto, el relevamiento encontró que el 66% de los centros públicos cuenta con historia clínica informatizada, aunque solo cerca de la mitad tiene sus registros conectados con el resto de la red provincial.
El SITAM (Sistema de Información de Tamizaje) constituye otra pieza de esa red. Actualmente, el 50% de los establecimientos públicos está incorporado al sistema. Hay, sin embargo, importantes diferencias entre jurisdicciones: La Pampa, La Rioja, San Juan y Jujuy alcanzan el 100% de integración de sus centros relevados.
El informe también identificó 157 unidades asistenciales con infraestructura suficiente para integrar las imágenes mamográficas a registros digitales, aunque su utilización todavía es incipiente. La activación de esa capacidad podría facilitar segundas lecturas, consultas a distancia y auditorías clínicas sin requerir necesariamente nuevas inversiones en equipamiento.
Una red que necesita gestión
El diagnóstico del programa MIRA no plantea únicamente la necesidad de incorporar tecnología. De hecho, uno de sus principales aportes es mostrar que parte de las mejoras en acceso puede obtenerse optimizando los recursos que ya existen.
El parque público presenta una transición tecnológica: el 39% de los mamógrafos cuenta con tecnología digital directa (DR), mientras que el 47% utiliza tecnología digital indirecta (CR). El 12% continúa siendo analógico, mientras que el 26% de los equipos públicos fue incorporado entre 2020 y 2024.
También existen oportunidades de ampliar la capacidad: 29 establecimientos cuentan con dos mamógrafos en funcionamiento simultáneo, una situación que podría permitir incrementar la oferta de turnos.
Para Florencia Mezzadra, gerenta de Fundación Instituto Natura, el desafío requiere información y articulación: «Afrontar una problemática de la magnitud del cáncer de mama nos exige contar con un diagnóstico federal confiable. Queremos contar con evidencia para diseñar políticas públicas con un impacto real y amplificado».
Y agregó: «Ninguna organización puede resolver la falta de acceso de forma aislada. La verdadera potencia está en la articulación entre sectores: cuando la sociedad civil aporta datos estratégicos y tiende puentes con la gestión pública y el ámbito privado, logramos poner en pie políticas que creen las oportunidades concretas de detección temprana para miles de mujeres en Argentina».
El mapa mamográfico deja así una conclusión que excede el inventario tecnológico y apunta que la accesibilidad depende de una cadena de condiciones. Equipos disponibles, mantenimiento, técnicos, turnos, búsqueda activa de la población, información interoperable y circuitos de referencia y contrarreferencia forman parte de un mismo proceso.
La discusión sobre el diagnóstico temprano del cáncer de mama, concluye el relevamiento, requiere mirar esa cadena completa para identificar dónde se interrumpe y qué decisiones pueden hacer que una tecnología disponible se convierta, efectivamente, en una oportunidad de cuidado.