En los siglos XIX y XX, la mortalidad por tuberculosis se redujo abruptamente. El hecho suscitó uno de los mayores debates de la economía de la salud.
Primero T. McKeown mostró cómo las mejoras en las condiciones materiales de vida y nutrición impactaron en la incidencia de TBC. Luego R. Fogel explicó cómo la alimentación, la salud y la productividad se refuerzan mutuamente. Pero Angus Deaton reaccionó planteando que el desarrollo de respuestas desde la microbiología tiene más impacto que los determinantes sociales.
El debate giraba en torno a ¿cómo consiguió la humanidad escapar del hambre, las enfermedades infecciosas y la muerte prematura?
Hoy, el aumento de la tuberculosis en Argentina nos obliga a invertir la pregunta: ¿por qué algunos sectores de la población parecen quedar al margen de ese gran escape?
Mi madre, Margot Romano Yalour, estudió las representaciones sociales de la tuberculosis mediante entrevistas en profundidad con pacientes. Su investigación los describe como personas a las que la sociedad y el Estado no quieren ver. La protección, e incluso el afecto de sus propias familias les son retaceados. Entonces, los tuberculosos se vuelven invisibles.
Por supuesto, las condiciones materiales importan. El hacinamiento facilita la transmisión, la inseguridad alimentaria incrementa la vulnerabilidad y la precariedad económica dificulta la continuidad de los tratamientos.
También importan las políticas sanitarias: la detección temprana, la disponibilidad de medicamentos y el acompañamiento terapéutico.
Pero tal vez necesitemos ampliar el marco de análisis.
¿Qué sucede cuando una persona tiene acceso formal a un tratamiento gratuito, pero no puede afrontar el transporte hasta el hospital, perder una jornada de trabajo o garantizar una alimentación adecuada? ¿Qué ocurre cuando el estigma debilita sus vínculos familiares y comunitarios? ¿O cuando las instituciones solo consiguen reconocerla después de que su enfermedad ha avanzado?
El incremento de los casos notificados no demuestra por sí solo que haya aumentado la exclusión. Es necesario distinguir entre mayor transmisión, reactivación de infecciones latentes y mejoras en la detección. Pero sí justifica investigar cómo interactúan estos procesos con las condiciones de vida y las instituciones de protección.
El aumento de la tuberculosis nos muestra la fragilidad de nuestro progreso social.
Disponemos de diagnósticos y tratamientos que generaciones anteriores no tuvieron. Pero, su existencia no garantiza que sus beneficios lleguen efectivamente a todos.
Quizás la pregunta más importante no sea solo por qué vuelve a aumentar la tuberculosis, sino por qué todavía hay personas que quedan fuera de los beneficios del progreso sanitario.
Porque una sociedad no termina de escapar de una enfermedad mientras una parte de sus integrantes permanece invisible.
(*) Especialista en Políticas de Salud y Financiamiento de Sistemas de Salud. Consultor Internacional en Políticas Públicas de Salu