jueves 22 de octubre de 2026 - Edición Nº2878

PREVENCIÓN & PROMOCIÓN | 22 oct 2026

Polio, de la epidemia de 1956 a las alertas del presente

14:57 |A 70 años del desarrollo de la primera vacuna contra la poliomielitis y frente a la caída de las coberturas, el médico infectólogo y pediatra Enrique Casanueva advierte sobre la necesidad de completar los esquemas de inmunización, recuperar las campañas y sostener la memoria de una enfermedad que dejó graves secuelas.


«Sólo sé que, con muy escasos recursos, mis padres me trajeron desde el Chaco buscando la cura». Silvia Cristina Aguirre tenía dos años cuando contrajo poliomielitis durante la epidemia que azotó a la Argentina en 1956. Sus padres la llevaron al Hospital de Rehabilitación Respiratoria María Ferrer, en Buenos Aires, con la esperanza de encontrar un tratamiento para la parálisis que ya le había provocado la enfermedad.

Pero la recuperación que buscaban no llegó. «No encontraron lo que esperaban porque la polio ya me había paralizado sin remedio, y decidieron regresar a casa. Sin mí», escribió Aguirre. Sus padres volvieron a Chaco y ella permaneció internada en el hospital, donde creció hasta los 11 años junto a otros chicos con secuelas de la enfermedad.

Su historia permite dimensionar el impacto de una enfermedad que hoy puede prevenirse mediante vacunas y también recuerda lo que está en juego cuando disminuye la inmunización y una sociedad pierde de vista las consecuencias de infecciones que dejaron de formar parte de su experiencia cotidiana.

La memoria de una epidemia

La epidemia de 1956 fue una de las más graves registradas en el país. Se notificaron alrededor de 6.500 casos y cerca del 10% de los afectados falleció. En ese momento, la vacunación todavía no se había extendido masivamente y los hospitales debieron responder a una demanda extraordinaria de atención.

Cuando la infección comprometía los músculos respiratorios, los llamados pulmotores -equipos que permitían ventilar a los pacientes mediante presión negativa- podían resultar decisivos para mantenerlos con vida, pero eran recursos escasos frente a la magnitud del brote.

El miedo también impulsó prácticas caseras sin eficacia preventiva. Muchas familias pintaban con cal los cordones de las veredas y la base de los árboles, o colocaban pequeñas bolsas de alcanfor en la ropa de los niños, convencidas de que podían mantener alejado al virus.

El Hospital María Ferrer se convirtió en una institución fundamental para la atención respiratoria y la rehabilitación de pacientes con secuelas. Allí, como Aguirre, muchos niños y niñas afrontaron internaciones prolongadas y una infancia atravesada por las consecuencias de la poliomielitis.

La historia de la vacunación cambió ese panorama cuando en 1955, Jonas Salk anunció los resultados de su vacuna inyectable, un avance decisivo en la prevención de la enfermedad. Siete décadas después, las vacunas redujeron en más del 99% los casos de poliovirus salvaje en el mundo. Sin embargo, todavía no se alcanzó la erradicación global.

El médico pediatra infectólogo Enrique Casanueva, docente del Hospital Universitario Austral, conoce las consecuencias de las enfermedades infecciosas que marcaron otras épocas. En casi cinco décadas de trayectoria atravesó epidemias de sarampión y cólera, la influenza H1N1 y cuadros graves de meningitis. Esa experiencia le permite dimensionar los avances, pero también advertir sobre el riesgo de perderlos.

«Estamos viviendo una actualidad bastante diferente, pero corremos el riesgo de no saber valorarla y sostenerla», señala.

Argentina y el riesgo de reintroducción

Aunque Argentina no registra casos de poliomielitis desde 1984, la circulación del virus en otras regiones y las brechas de vacunación mantienen vigente el riesgo. En octubre de 2024, la Organización Panamericana de la Salud (OPS) informó que la Comisión Regional para la Certificación de la Erradicación de la Poliomielitis había clasificado al país con riesgo muy alto de circulación de poliovirus en caso de importación. La evaluación identificó como principales debilidades las coberturas de vacunación y la vigilancia epidemiológica.

Los datos de inmunización ayudan a explicar la preocupación. Según la OPS, la cobertura del esquema inicial completo contra la polio fue del 73,67% en 2023, lejos del objetivo del 95%. En 2025 la cobertura de la vacuna inactivada contra la poliomielitis (IPV o Salk) a los cinco años llegó al 57,2% y aunque mejoró respecto del 47,6% registrado en 2024, permanece muy por debajo del 90,3% alcanzado en 2022.

Casanueva pone el foco precisamente en ese refuerzo. «La mitad de los chicos que deberían recibir la dosis de los cinco años de polio no la reciben», advierte. La cifra expresa la preocupación del especialista por una dosis clave para mantener la protección durante la infancia.

Pero la dificultad no se limita a la edad escolar. «Esto no ocurre solo con la dosis de los cinco años, con la primera dosis a los dos años, con la vacuna quíntuple, séxtuple, estamos creo en el ochenta y pico por ciento. Y eso va bajando», explica, al tiempo que señala diferencias entre jurisdicciones, con coberturas más bajas en algunas provincias.

Para el infectólogo, una de las razones de esta pérdida de protección es que la ausencia de casos modifica la percepción social del riesgo. «Por parte de los profesionales de la salud, como no lo vemos, creemos que ya no existe, y lamentablemente sigue existiendo en el mundo», afirma.

Esquemas completos

La poliomielitis es una enfermedad altamente contagiosa que puede provocar parálisis irreversible y el poliovirus salvaje continúa siendo endémico en Afganistán y Pakistán.

Argentina utiliza actualmente la vacuna antipoliomielítica inactivada, conocida como Salk o IPV y a diferencia de la vacuna oral, no puede causar poliomielitis asociada a la vacunación y protege a quien la recibe. Sin embargo, no genera la misma inmunidad intestinal que la Sabin, por lo que mantener altas coberturas resulta fundamental para limitar la transmisión.

Casanueva explica que el cambio de vacuna respondió a razones de seguridad. La Sabin, administrada por vía oral, facilitaba las campañas y podía contribuir a la inmunidad de la comunidad, pero presentaba un riesgo poco frecuente de parálisis asociada a la vacuna. La IPV evita ese riesgo, aunque requiere altas coberturas para sostener la protección poblacional.

«La polio inactivada necesita altas coberturas», resume. Por eso, el especialista insiste en que la aplicación de las dosis previstas en el Calendario Nacional es una condición para evitar que el virus encuentre personas susceptibles.

El esquema contempla dosis a los dos, cuatro y seis meses, y refuerzos a los 15-18 meses y a los cinco años. No alcanza con recordar que un niño recibió vacunas durante sus primeros meses de vida: es necesario verificar que haya completado todas las dosis correspondientes a su edad.

«Hay que completar las dosis, porque la gente dice: “No, pero ya lo vacunaron”», insiste Casanueva. Los refuerzos permiten sostener la protección inmunológica en el tiempo. Por eso, recomienda revisar los carnés y aprovechar los controles pediátricos y escolares para identificar esquemas incompletos.

La vigilancia también es clave

La vacunación debe complementarse con una vigilancia epidemiológica capaz de detectar rápidamente posibles casos. La OPS subraya la importancia de mantener un sistema sensible para la parálisis flácida aguda (PFA), uno de los principales signos que pueden alertar sobre una posible infección por poliovirus. Ante una debilidad muscular o parálisis repentina, los equipos de salud deben investigar el caso y realizar los estudios correspondientes.

Esta vigilancia es esencial porque, si el virus ingresara al país, la detección oportuna permitiría activar medidas para evitar su propagación. La OPS también recomienda alcanzar y mantener coberturas superiores al 95% en cada distrito o municipio, además de fortalecer los programas de inmunización y los planes de respuesta ante posibles brotes.

Para Casanueva, la respuesta requiere una política sostenida de inmunización, con participación de las autoridades nacionales, las provincias, los municipios, los profesionales de la salud y las familias. El especialista cuestiona la falta de campañas visibles,  plantea que es necesario comunicar de manera más activa la importancia de las vacunas y agrega que, si las coberturas siguen bajando, será necesario desplegar campañas específicas para recuperar los esquemas incompletos.

En un país federal, sostiene, la respuesta no depende exclusivamente de las autoridades nacionales. «Nación lo puede promover, pero tenemos las provincias, somos un país federal» y señala que es necesario organizar operativos territoriales, convocar a quienes tienen dosis pendientes y reforzar la vacunación en las zonas con menores coberturas.

Los equipos de salud también tienen una responsabilidad central. Casanueva pide que los profesionales aprovechen cada consulta para recomendar la vacunación y verificar los carnés, incluso cuando el motivo de atención no esté relacionado con una enfermedad prevenible. La escuela y otros espacios comunitarios pueden contribuir a detectar esquemas incompletos.

Recuperar la memoria de la enfermedad

La ausencia de casos durante décadas puede generar una falsa sensación de seguridad. Sin embargo, como advierte Casanueva, «mientras exista en el mundo y existan aviones, rápidamente pueden estar en cualquier lugar». El riesgo aumenta cuando el virus encuentra personas susceptibles y puede circular sin ser detectado a tiempo.

El especialista recuerda que vio de cerca las secuelas de la polio y que esas imágenes permanecen en su memoria. Por eso considera que la comunicación sanitaria no puede apoyarse únicamente en cifras y recomendaciones técnicas. «No tenemos que llegar solamente con la información, tenemos que llegar también desde la emoción», sostiene y vuelve

a la historia de Silvia Cristina Aguirre, cuyo testimonio permite comprender que detrás de cada porcentaje de cobertura hay personas y trayectorias de vida marcadas por una enfermedad que podía cambiar para siempre el futuro de un niño.

A 70 años del desarrollo de la vacuna de Salk, la erradicación mundial sigue pendiente. Completar los esquemas, recuperar las coberturas, sostener las campañas y fortalecer la vigilancia epidemiológica son acciones indispensables para evitar que una enfermedad que transformó la vida de miles de familias vuelva a encontrar condiciones para propagarse.

 

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